El nacionalismo es un recurso renovable
Por Martín Krause
Fuente: El Cato

El nacionalismo no se agota, siempre tiene una veta para explotar esa supuesta antinomia entre “nosotros” y “ellos”, los otros, los extranjeros. Aún en países como la Argentina donde hay muy pocos “criollos” y todos hemos descendido de los barcos.

Curiostamente, disfrutamos del éxito de argentinos en el exterior y repudiaríamos con firmeza que ellos fueran discriminados o que alguna cuota dejara a Ginóbili, Messi o Tévez fuera de sus equipos. También solemos ser cosmopolitas, absorbemos la cultura del mundo y podemos hacer ídolos de extranjeros sin importar su origen (Enzo Francescoli, ¡Marcelo Salas aún siendo chileno!, ¡Los Rolling Stones aun siendo ingleses!)

Pero todo ese cosmopolitismo se derrumba cuando nos plantean que podemos perder un cierto recurso muy nuestro, que nos lo pueden sacar y que si no hacemos algo seguramente nos lo van a sacar. Ya se ha estado planteando esto con respecto al agua, agitando el fantasma que extranjeros se la van a llevar, tal vez en barcos que transporten los gigantescos glaciares.

Ahora le toca el turno a la tierra y el gobierno, apelando a esa fibra nacionalista, envía un proyecto al Congreso para limitar la venta de tierras a extranjeros. Según éste los propietarios de otras nacionalidades no podrán superar el 20% del total de tierras rurales a nivel nacional, el que se estima en 40 millones de hectáreas. De ese total una nacionalidad en particular no podría superar el 30% y ninguno, persona física o jurídica, podría acceder a la propiedad de más de mil hectáreas en el corazón agropecuario del país: la pampa húmeda.

Es de esperar que países vecinos y amigos como Uruguay o Brasil no pongan límites a las inversiones de argentinos en esas tierras, las que se han multiplicado en los últimos años a partir del castigo a la producción que han significado los elevados impuestos a las exportaciones. Pero el punto central es: ¿cuál puede ser el problema que la tierra pase a propiedad de un extranjero? Ninguno de ellos actuaría en forma muy diferente a un propietario local.

El mercado asigna los recursos escasos a sus usos más valiosos a partir del cálculo económico que se puede realizar en una economía monetaria gracias a la existencia de los precios. Un propietario de tierra en Argentina y en cualquier lugar del mundo se plantea esta pregunta: ¿qué debo hacer con esta tierra? Se le presentan distintas alternativas. Supongamos que dadas las condiciones naturales de esa tierra sean las siguientes: sembrar soja, lino, trigo, cebada, maíz, girasol, arándanos, o criar vacas para carne, para tambo o caballos de polo.

Para determinar lo que va a hacer el propietario evalúa los precios posibles de cada producto y los precios que consisten en sus costos de producirlos y elegirá aquella actividad que le resulte más rentable. Esos precios, además, sin que el productor tenga que pensar en ello, han transmitido la información acerca de las preferencias de los consumidores y las ofertas de otros productores. Por ejemplo, poco agricultores argentinos sabían mucho de lo que pasaba en China, donde la apertura económica al capitalismo generaba un aumento notable de los ingresos: empezaron a comer mucho más de lo que comían antes. Esto se tradujo en un aumento de la demanda de soja y el precio reflejó esa circunstancia; los productores respondieron con alta eficiencia.

¿Qué es lo que haría un propietario extranjero? Pues lo mismo. Es más, supongamos que John McIntire, escocés, es propietario de tierra en Argentina. ¿Haría algo muy distinto que José Pérez, bisnieto de españoles, pero nacido y criado en Trenque Lauquen? Es más, supongamos que el Sr. McIntire solicita la ciudadanía argentina, y la obtiene por supuesto, ¿qué cambiaría?

Este país da la bienvenida a los extranjeros. Es más, a muchos de ellos los dejamos ocupar las tierras públicas urbanas, ¿por qué no podrían otros extranjeros comprar, no ya ocupar a la fuerza?

Aquí es, además, donde el “carácter internacional del capital” comienza a jugar a favor de las preocupaciones de quienes promueven este proyecto. Desde esos mismos sectores políticos se señala que el “capital no tiene bandera”, etcétera. Pues bien, eso quiere decir que John McIntire va a tomar decisiones sobre su tierra igual que José Pérez, no va a tomar en cuenta los intereses nacionales de Escocia en su cálculo económico, lo que les podría generar alguna preocupación estratégica.

Es más, dado el carácter abierto de la sociedad argentina, es bastante probable que Mr. McIntire termine en poco tiempo disfrutando los mejores asados, tomando mate y siguiendo a su club local favorito. De esta forma lo sumamos, y él seguramente nos aportará su gaita, su música y su conocimiento de la destilación de un buen whisky.

Por último, en el caso que el escocés le compre a Pérez, no solamente el recurso tierra seguirá administrado en forma muy parecida a la de antes, ya que su uso no depende de la nacionalidad del dueño, sino que, además, Pérez cuenta ahora con una suma de dinero importante, para la cual solamente tiene dos opciones: ahorrar/invertir o consumir. Si la consume estaría haciendo lo que el mismo gobierno promueve. Si ahorra e invierte nos estaría haciendo un favor a todos, ya que generaría mayor producción en alguna otra área, más puestos de trabajo.

En fin, el uso de un recurso no cambia porque uno lo llame “tierra”, otro lo llame “tierra” pero tenga otro pasaporte, otro lo llame “terre”, “land”, “terra” o “ziemia”.