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Eterno retorno devaluatorio Imprimir E-Mail
Por Martín Simonetta
Fuente: Fundación Atlas 1853

Han transcurrido dos años del llamado “cepo cambiario”, que impone fuertes restricciones a la compra de moneda extranjera, y hoy los argentinos necesitamos más del doble de pesos para comprar un dólar en el mercado informal que lo que requeríamos en aquel momento. A pesar del uso de alrededor de 1/3 de las reservas del Banco Central desde entonces a la fecha, no fue posible frenar la caída del peso respecto al dólar (y otras monedas). ¿Cuál es la lógica detrás de estas caídas recurrentes del valor del peso?

 
Inflación, luego devaluación

La presente situación nos lleva a una reflexión en torno a este ciclo que parece repetirse a lo largo de nuestra historia económica: el camino de procesos inflacionarios que –al tiempo- son seguidos por devaluaciones. En una primera etapa, elevados niveles de emisión monetaria generan inflación, afectando negativamente el poder de compra de los ciudadanos y encareciendo en moneda extranjera los costos de producción de la economía. Esta inflación hace su trabajo sobre el tipo de cambio real, encareciendo el “costo argentino” y dando lugar al fenómeno del “atraso cambiario” que pone a los sectores productivos a demandar “devaluaciones competitivas”. Tal situación se constituye en la antesala de procesos devaluatorios (más o menos intensos), los que –por una vía heterodoxa- abaratan este “costo argentino” y devuelven artificialmente la competitividad perdida como consecuencia de la inflación. Y así, sucesivamente.


La enorme tentación para los gobiernos suele ser el establecimiento de “tipos de cambio múltiples”, tales como los vigentes abiertamente en otras épocas de la historia argentina, que favorecen a determinados sectores y desfavorecen a otros, y que permiten compatibilizar los intereses recaudatorios y  proteccionistas. En la actualidad ya existe algo así pero –por el momento- de forma menos abierta. A modo de ejercicio práctico, pensemos, cuánto recibe por dólar un exportador sojero (menos de cuatro pesos) y cuánto debe pagar si decidiera comprarlo en el mercado “blue” (cerca de diez pesos).

 
¿Miami o San Clemente?

Las variaciones del tipo de cambio real hacen que los flujos internacionales de bienes, servicios, personas y capital se encarezcan y abaraten en lapsos relativamente cortos de tiempo. En el mercado turístico, pasamos del “deme dos” -que caracteriza a los períodos colmados de argentinos viajando y comprando en el exterior y una caída en el turismo extranjero a nuestro país- a veraneos masivos en la costa atlántica y a la recepción en gran escala de visitantes del mundo, como consecuencia del abaratamiento del país en moneda extranjera post-devaluación. Luego, la inflación se encarga nuevamente de encarecer la economía doméstica en moneda dura y volvemos a viajar a un exterior más barato que la Argentina. Imaginemos cómo éste péndulo afecta con incertidumbre a la actividad productiva local.


Este círculo inflacionario-devaluatorio ya es un clásico en la economía argentina moderna. Miremos dos ejemplos extremos de estos procesos desde el regreso de la democracia (para no irnos más atrás en la historia): la crisis hiperinflacionaria de 5.000% anual en 1989 que llevó a renunciar al entonces presidente Raúl Alfonsín y la crisis “3D” (devaluación-default-depósitos confiscados) que hizo lo propio con De la Rúa.

 
La predictibilidad de lo impredecible

La experiencia parece demostrar que resulta más cómodo y políticamente más rentable manejar el ciclo económico de esta forma: “pateando la pelota hacia adelante” y permitiendo explosiones que lastiman a la sociedad toda, en lugar de poner orden en las finanzas públicas. Pero lo cierto es que la predictibilidad de lo impredecible aleja al país de la competencia por atraer inversiones, propias y extranjeras. En consecuencia, nos obliga a vivir con lo nuestro. O con lo puesto. Guiados por la incertidumbre del corto plazo. O certidumbre ya que, quienes han vivido algunas décadas en el país, ya saben qué esperar y como protegerse.
 
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