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¿Cómo hacer callar a la señora Lagarde? Imprimir E-Mail

Por Guy Sorman
Fuente: ABC


El mayor problema económico actual no es la recesión, sino el malentendido entre el discurso político y la economía real. Para comprender mejor la naturaleza del mismo, nos remitiremos a una obra de teatro, Chantecler, escrita por Jean Rostand y representada en París en 1908.

Las mejores lecciones de economía no se encuentran necesariamente en los manuales. Chantecler es la historia de un gallo de corral que cada mañana, al despertarse, canta cuando sale el sol. Está convencido, por tanto, de que es él quien hace que salga el sol. Hasta que una mañana fatídica, en la que se despierta demasiado tarde, descubre que el sol ya ha salido sin que haya cantado y se suicida.

Pues bien, la mayoría de los políticos occidentales, y más aún los tecnócratas de las instituciones internacionales, se creen Chantecler y se imaginan que su palabrería y sus previsiones determinan la tasa de crecimiento. Los pueblos, intoxicados por tantos discursos, acaban por creérselos y esperan que esta clase política local e internacional cree el crecimiento anunciado. Por desgracia, el crecimiento no obedece a las conminaciones públicas. La historia económica nos enseña que los Gobiernos y las instituciones internacionales tienen una gran capacidad para destruir la economía, pero muy poca para construirla. ¿La destrucción? Es fácil: producir inflación monetaria; aumentar los déficits públicos; financiar infraestructuras inútiles; descalabrar los intercambios comerciales, nacionales e internacionales; anunciar pronósticos absurdos; paralizar el mercado de trabajo; y planificar inversiones industriales en boga. Esas son las flechas envenenadas que están en el carcaj político.

Para perfeccionar nuestra demostración, imaginémonos por un momento que las instituciones internacionales con vocación económica, como por ejemplo el Fondo Monetario Internacional (FMI), desaparecen de la noche a la mañana. ¿Se encontraría peor la economía mundial? ¿Alguna vez ha prestado el FMI el más mínimo servicio? En realidad, si desapareciese, no pasaría nada, salvo que los 10.000 funcionarios del Fondo tendrían que buscarse un empleo útil. Si nos deshiciésemos de los quiquiriquíes de los dirigentes del FMI (Christine Lagarde consigue imitar el canto del gallo muy bien), que se imaginan que hacen que salga el sol, el conocimiento popular de la economía real mejoraría.

Lo que es válido para el FMI también lo es, en cierta medida, para las políticas monetarias llevadas a cabo por los bancos centrales. Sin lugar a dudas, el Premio Chantecler corresponde a Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal estadounidense, ya que al multiplicar las declaraciones crípticas, como un augur antiguo, y dar a entender que podría incrementar o bajar una centésima de punto los tipos de interés, hace creer que el crecimiento estadounidense depende de sus sabios cálculos. La experiencia de estos últimos años demuestra que es falso. Si correspondiese realmente a los gobernadores de los bancos centrales o a los ministros de Economía estimular el crecimiento según sus deseos y declamaciones, ¿por qué diablos nos privarían de él? Lo que sucede es que, en realidad, no tienen la influencia que se atribuyen, excepto cuando la ejercen de forma negativa, generando incertidumbre e inestabilidad.

¿Quién hace que salga el sol entonces? Los empresarios, por supuesto, y solo ellos crean valor real, siempre que los Gobiernos se ciñan estrictamente a su labor —indispensable— que es la de establecer unas reglas de juego legales, estables y previsibles. Sin este Estado de Derecho, no hay crecimiento. En un Estado de Derecho, observaba hace no mucho Milton Friedman, el crecimiento es casi natural porque los empresarios no pueden evitar crear: es más fuerte que ellos. Los Gobiernos también son indispensables (contrariamente a lo que dicen algunos liberales demasiado integristas) para hacer frente a las dolorosas consecuencias sociales del cambio, lo que Joseph Schumpeter llamaba «la destrucción creadora». En resumidas cuentas, un buen gobierno económico debería preguntarse cuál es la manera de no impedir que los emprendedores emprendan y la manera de hacer que la «destrucción creadora» sea aceptable para la sociedad. Todo lo demás es, o bien perjudicial, o bien un síndrome de Chantecler.

 
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