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Del populismo Nac&Pop y sus demonios Imprimir E-Mail
Por Jalenska Zurakoski
 

El debate por la estatua de Colón es una más en la innumerable lista de batallas absurdas que el populismo latinoamericano plantea para el beneplácito de sus huestes, pretendiendo ocultar la miseria en la que se hallan subsumidos sus ciudadanos.
 
El caudillo populista abusa de la demagogia y divide constantemente la sociedad en facciones irreconciliables. Por un lado sus seguidores, la masa que lo vitorea en la plaza, “el pueblo”, aquel conjunto social homogéneo que lo acompaña en las urnas, en el que se promueve a través del marketing político político y el tendido de redes clientelares, una cultura alrededor del líder y “la nación” representada por estas mayorías. Por el otro, lo diverso, los otros, eternos opositores dispersos estratégicamente, parias en el sistema de prebendas que el líder ha consagrado, perseguidos desde el discurso oficial como detractores del gobierno, anti-patria, son aquellos que deben sacrificarse –o ser sacrificados- si el pueblo lo necesita.
 
No obstante la Historia Oficial y sus innumerables caballitos de batalla, el populismo cristinista carece de carisma, su líder de magnetismo, y la caja para sostener el ingente aparato clientelar sobre el que se ha fundado es cada vez más chica. La inflación disuelve los salarios y el desabastecimiento ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una realidad acuciante hasta para el Secretario de Comercio más aguerrido.
 
El Relato Oficial se esfuerza a diario por mantener brillantes las luces de artificio que confunden el panorama, pretendiendo ocultar una realidad que lleva ya 10 años consolidando privilegios a costa del sistema institucional consagrado en 1853; pero su discurso es débil cuando la contraparte está dada por una pobreza y una tasa de crímenes violentos en aumento constante. Estas cuestiones no han podido ser soslayadas a pesar de haber sometido jueces, monopolizado los medios de comunicación, expropiado empresas, creado milicias urbanas de jóvenes rentados, politizado escuelas, sometido a industriales, institucionalizado la persecución política, todo anunciado con bombos y platillos para el bienestar nacional y en resguardo de la soberanía argentina.
 
En octubre se sabrá qué le quedó al movimiento nac&pop de aquel 54% legendario, excusa oficialista para aplastar minorías, pero por lo pronto está siendo la crisis económica la que está carcomiendo la gobernabilidad; poniendo de manifiesto los reveses fascistas del sistema estructurado desde la llegada del kirchnerismo al poder. Las masas son leales cuando pueden consumir con tranquilidad, manteniendo privilegios y favores, no así cuando los pesos se disuelven en sus manos y comprar pan – en el país del trigo- se vuelve una penosa tarea.
 
El clientelismo y el culto a la personalidad encuentran un límite claro cuando la conflictividad social se vuelve imparable, porque los dirigentes no tienen los recursos para sostener la provisión de bienes y servicios a sus bases. Cuando por ello, el sometimiento electoral se vuelve insostenible y entonces, la ambición del líder populista de perpetuarse en el poder –yendo por todo- sólo puede ser lograda mediante acciones más violentas e inescrupulosas que lo exponen y debilitan paulatinamente, revelando la precariedad de sus apoyos.
 
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