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A favor de la libertad Imprimir E-Mail
Por Ezequiel Eiben
Fuente: Blog de Ezequiel Eiben

Quienes estén completamente a favor de la libertad, y no de la libertad a medias o nula, pensamiento este último que la clasifica artificialmente y subdivide tendenciosamente en base a intereses políticos, pueden encontrar en el liberalismo respuestas a las inquietudes que surgen cuando alguien se pregunta sobre tan elevado e incomparable valor y derecho humano. La izquierda, en ciertos ámbitos, se ha caracterizado por permitir libertades individuales (casamiento homosexual, legalización de drogas) que en algunas sociedades conservadoras son inexistentes, pero ha anulado la libertad económica (no hay mercado libre, sino economía planificada por el Estado). Las derechas por lo general se han apoyado en la libertad económica (libre comercio y competencia) pero han restringido libertades individuales, principalmente por la influencia de la moral religiosa o conservadora (prohibición del casamiento homosexual, penalización del consumo y tenencia de estupefacientes). El liberalismo es una opción superadora de ambas concepciones, la progresista y la conservadora. La libertad es una, y como libertad debe entenderse todo aquello que el ser humano puede realizar de acuerdo a su voluntad y sin perjudicar los derechos y libertad de los demás. El ejercicio del libre albedrío sin restricciones injustas e ilegítimas es lo único que permite el desarrollo pleno del hombre en sus capacidades civiles, políticas y económicas, lo que lleva correlativamente a su desenvolvimiento integral, opuesto a cualquier alienación o esclavización. Permite el hombre autosustentable, autosuficiente, autodeterminable.
Para lograr tales características en base al ejercicio de su libertad, el hombre debe tener garantizadas las posibilidades de controlar su vida sin interferencias ajenas. El hombre es su propio propietario, y en este principio fundamental se sustenta la propiedad privada, un pilar de nuestra concepción liberal: el hombre es propietario de su propio cuerpo, y como tal, puede disponer de él y sobre él como le plazca, para vivir acorde a sus decisiones derivadas de su escala valorativa.

En lo que a su propiedad se refiere, ningún interés puede ser más elevado que el interés del propietario. La negación del postulado de que un hombre es quien tiene derecho a hacer uso de su libertad y es su propietario, implica el absurdo moral y filosófico de que otra persona, tan humana como nosotros, tiene más y mejores derechos sobre nosotros que nosotros mismos (aquí es cuestión de debate liberal el tema del aborto, sobre su supuesta legitimidad o ilegitimidad, amparándose las posturas en si tiene más derechos la madre como propietaria de su cuerpo o la persona por nacer en su derecho a la vida; pero el abordaje de este supuesto puntual quedará para otra ocasión ya que no es el fin del presente artículo). Esto le daría a alguien una prerrogativa superior sobre los demás, lo cual conduce a la esclavitud de un hombre bajo el poder de decisión de otro, el sometimiento de un esclavo al látigo de su amo, el entierro de nuestros intereses personales a los intereses ajenos, la arbitrariedad y el capricho de un aparente ser superior por encima de nuestra propia capacidad de toma de decisiones. De más esta decir a esta altura que tal concepción atenta no sólo contra la constitución de una sociedad libre, sino que es antihumana por antonomasia, negando desde un principio la mismísima naturaleza humana, que es la libertad del individuo para llevar adelante su vida en este mundo. Sólo un ser libre puede lograr enteramente su autosustentabilidad y autosuficiencia, sin depender injustamente de voluntades ajenas, que las más de las veces pueden ser opuestas y perjudiciales, y que todas las veces, por más que hayan coincidencias, es impuesta y por lo tanto no elegida.

Por lo tanto, la inviolabilidad de los derechos individuales de las personas necesariamente lleva a que tengamos una concepción del gobierno mucho más restringida que las tendencias progresistas o conservadoras actuales, que pisotean una y otra vez la esfera personal del individuo, invaden la intimidad, y también se registran casos en que sobrepasan los límites del poder que democráticamente les confieren. Demasiado poder sin adecuado control aclimata el ambiente para los abusos. La clase gobernante no es superior a la clase no gobernante, sus derechos no deben estar por encima de los derechos de los demás. Ellos no están en el gobierno por ser seres esencialmente superiores con facultades naturales inalcanzables para los demás. Están ahí en virtud de la voluntad libre de quienes los eligieron para administrar y desempeñar una función de control y policía para que los derechos no sean violados, no precisamente para abusar del poder, otorgarse prerrogativas divinas y violar lo que se supone deberían proteger. La noción de un Estado más abarcador, con poderes inconmensurables, o bien perfectamente medibles pero superiores al punto del pisoteo de cualquier derecho individual de cualquier persona, es contraria a la noción de Estado de Derecho. El Estado es creado por hombres con derechos, para que ese ente artificial sirva a esos hombres con derechos que lo crearon, y no para que los hombres sean sus servidores sometidos y el ente pase a ser el dominador indiscutido inexpugnable. Esto no puede más que allanar el camino a la tiranía, donde un gobernante no respeta los derechos legítimos y los principios jurídicos y políticos más elementales, para arrogarse el conocimiento y poder de dirección y sanción de cualquier emprendimiento, y el poder de imponer restricciones ilegales e inmorales a las facultades de los individuos. El Estado debe cumplir la función de garante de que el derecho se cumpla, en vez de garantizar que el derecho se viole, y mucho menos siendo pionero desde el aparato burocrático de semejante atropello.

Es preciso y precioso entonces revalorizar la concepción de la persona como ser individual dotado naturalmente de derechos inalienables, a cuyo servicio se desenvuelven los entes creados en base al consentimiento con sus pares. Así podremos garantizar que el hombre no se vea menoscabado en sus facultades jurídicas por los entorpecimientos y entrometimientos del aparato estatal o de los demás sujetos que componen la sociedad en la que vive. El hombre actúa de acuerdo a sus intereses, para actuar necesita de la libertad a los fines de tener la posibilidad de dirigir, elegir y encausar su obrar, y en ejercicio de la libertad trabajar para producir y mantener su vida y la de su familia. Sin el producto de su trabajo, el hombre no puede sobrevivir. Y sin parte del producto de su trabajo, ilegítimamente sustraído por otro, el hombre no se beneficia en la medida en que debería hacerlo por el trabajo invertido. ¿Cómo es posible entonces, que las personas sumidas en la pasiva actitud de ser manejadas al antojo del gobierno, no protesten cuando el ente estatal se lleva, en elevados porcentajes, las ganancias que han obtenido en base a su esfuerzo y dedicación? Esa es la injusticia de los impuestos. El hombre produce, y el Estado se lleva. La quita de lo producido es compulsiva; no es un pedido de colaboración, no es un ofrecimiento voluntario del productor. El Estado le arranca de las manos al trabajador el fruto de su empeño. Y esto lo hace con fines redistributivos: lo recaudado por el Estado es destinado a otras áreas, a otras personas, en definitiva, a otros intereses. He aquí uno de los mayores impedimentos que minan el principio de la autonomía de la voluntad: uno no puede disponer de la totalidad de su propiedad; sino que el Estado dispone por él. Flagrante violación a los derechos individuales y a la libertad del ser humano. Inversión de funciones: el hombre se pone al servicio del Estado, en vez del Estado a su servicio. La persona que actuó de acuerdo a su propio interés, es menoscabada y los beneficios van a parar a otras personas con otros intereses. Un interés realiza el trabajo y no disfruta de lo obtenido; otro interés no realiza el trabajo pero goza de sus resultados. ¡Qué buen cuadro para incentivar la producción! ¿Acaso la creencia de que las necesidades de otros son motivo suficiente para expropiar y disminuir la importancia de las necesidades de uno? ¿Qué escala de medición utilizan para mensurar las muchas necesidades de los otros y las pocas necesidades de uno? Con este clima, no se puede más que generar el efecto de la decadencia del aparato productivo. ¿Tiene ganas de trabajar y mejorar, alguien que sabe que no va a ser el beneficiario de las horas, trabajo físico y esfuerzo intelectual invertidos? Para fomentar la producción de riquezas, es indispensable garantizarle al productor que libremente va a poder crear, generar, y disponer del producto. Es nada más ni nada menos que el manejo de la propiedad privada. Ya lo dijimos antes: la negación de esto conduce a aceptar que un ajeno a nuestra propiedad privada tiene más derecho sobre ella que nosotros, por lo que la propiedad privada queda desvirtuada hasta el punto de desaparecer. ¿Alienta esta perspectiva a todos los que no trabajan a conseguir trabajo? Por supuesto que no. La derivación lógica del anterior supuesto es que los inmorales no van a querer molestarse trabajando, si de manera fácil y gratuita puede obtener las ganancias de los demás. El estado intervencionista y redistribuidor repartirá los beneficios obtenidos por un productor, para satisfacer otros intereses y no los del generador de la riqueza, y aquellos que no producen gozaran injustamente de lo producido sin haber hecho el menor esfuerzo. Esto se llama vivir a costa de los demás. No se estimula a producir porque se impide gozar de lo producido; no se incentiva a trabajar porque se pueden obtener ganancias sin hacerlo. La generación de riquezas entra de esta forma en una situación de crisis donde no hay seguridad jurídica para los productores, ni invitación a sumarse al ciclo productivo a los parásitos vividores del esfuerzo ajeno. Y el punto de partida de esta maquinaria atroz es el cobro de los impuestos y redistribución ilegítima de la riqueza por parte del Estado; el gran quitador compulsivo del dinero de los trabajadores, cuando su papel debería ser diametralmente opuesto, cual es el de ser la valla infranqueable al asalto de la propiedad privada. Esta, como su mismo significado lo expresa, es nuestra, son los objetos que legítimamente tomamos y hacemos propios, asignándoles un valor, transformándolos, utilizándolos como fuente de producción o consagrándolos como resultado de nuestro mérito; simboliza nuestro derecho a elegir y disponer como nos plazca de lo que nos pertenece, de lo que está sometido al poder dictado por nuestros intereses, y no al arbitrio de los demás.

En orden a la consecución de los intereses propios, del estímulo a la producción, y de la seguridad jurídica respecto del ejercicio de los derechos y goce de lo obtenido, necesitamos imperiosamente el establecimiento del mercado libre. La libertad, como dijimos, no debe verse menoscaba por artificiosas clasificaciones, sino no es libertad. Y la libertad también está presente en la economía, y esto se garantiza solamente a través del libre mercado, que permite el libre intercambio de bienes y servicios en orden a la satisfacción de nuestras aspiraciones. Esto presupone admitir que todas las necesidades de todos los hombres son imposibles de determinar de antemano, que los intereses que corresponden a los individuos comerciantes no pueden ser cercados y delineados por un burócrata, sino que innumerables cuestiones pueden suscitarse con asiento en las innumerables posibilidades que el desempeño de un ser humano libre permite. Por lo tanto, la economía planificada no sólo que no funciona, sino que es injusta. Yo, como ser racional individual, como adulto capaz de celebrar contratos voluntariamente, no necesito obligatoriamente a nadie que me diga de forma incuestionable dónde tengo que invertir, cómo debo manejarme en mis negocios, dónde debo poner mi plata, y menos, al servicio de quién. Es injusto que yo sea un parásito, así como es injusto que otros intenten serlo aprovechándose de mi predisposición al trabajo. ¿Acaso la oscura figura del planificador estatal es una denigración implícita al concepto que se tiene de mi? ¿Acaso el Estado se cree el ente a cargo de la dirección de mis intenciones e impide mi libre desenvolvimiento para “cuidarme” de que no obre incorrectamente según sus parámetros? Pareciera que el Estado no confía en lo que yo voy a hacer con mi propiedad, y por lo tanto se toma la molestia de disponer sobre ella. Este Estado interventor es contrario a la libertad económica, y por lo tanto, contrario a la libertad y a la propiedad privada. Quienes detentan este poder de dirección, responden a tres situaciones: o son tiranos que no reconocen nuestros derechos, y que imponen su planificación estatal por encima de nuestra planificación de vida; o son tutores y curadores que nos consideran incapaces de obrar con discernimiento,  manifestar consentimiento y obrar libremente con consciencia; o bien son discriminadores negativos que nos toman por brutos en general y poco inteligentes para llevar adelante negocios, y nos arrancan la atribución para hacerlo tomándola para ellos.

La denigración y obstaculización de las capacidades personales se ve claramente en las políticas populistas y asistencialistas del Estado. Sus resultados son generar vagancia o mantenimiento en la pobreza, pero nunca generar condiciones aptas para el autosustentamiento de individuos que inicialmente poseen pocos recursos. Y en los pocos casos que lograsen mejoramientos ostensibles de condiciones de vida, estos beneficios serían proveídos ilegítimamente por el ente que expropió y quitó coactivamente a quienes no debía, y dichos mejoramientos no perduran en el tiempo, y generalmente están destinados a sectores que forman parte del clientelismo político de los gobernantes de turno, o grupos que están en el espectro político de los gobernantes solo por conveniencia y que reciben riqueza por medidas arbitrarias. Señores, asistimos a la esclavitud de los ciudadanos trabajadores patrocinada por el Estado: el productor no obtiene como corresponde el fruto de su trabajo, sino que los demás se lo llevan.

Este es el aparato burocrático que hay que descentralizar y disminuir. Este es el gobierno que hay que limitar y reducir. Este es el Estado ladrón de nuestra libertad que hay que minimizar y restringir.
 
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