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Devaluar empobrece y empeora competitividad Imprimir E-Mail
Por Enrique Blasco Garma
Fuente: CIIMA-ESEADE

Los comentaristas de todo el planeta dan por sentado que devaluar la moneda mejora la productividad. Por eso ven como ventajoso para EE.UU. la depreciación del dólar. En la Argentina es corriente sostener que el crecimiento desde 2003 es producto de la devaluación de 2002 que elevó el tipo de cambio real.

El primer efecto de una devaluación es reducir los salarios y demás ingresos, en moneda fuerte. Aunque el impacto mayor lo genera la depreciación de los activos en el país. Entonces, deteriorando el poder adquisitivo de salarios, ingresos y activos, la devaluación empobrece a la población del país.

 El deterioro en el valor de los activos e ingresos incita a recortar el gasto interno, para recuperar lo perdido. Por eso, con la devaluación la gente recorta sus gastos, el país importa menos y exporta más. «Gana competitividad», sentencian los observadores, sin advertir las pérdidas sufridas por las mayorías.

La devaluación de 2002 fue un terremoto que licuó los patrimonios de depositantes, ahorristas y otros inversores. El PBI por habitante, medido en dólares corrientes, se contrajo de 7.200, en 2001, a 2.700, en 2002.

Y eso que el ingreso de 2001 no era un número extraordinario, un valor máximo jamás antes alcanzado. Al contrario, por la crisis del sudeste de Asia, el default ruso y otras calamidades, el ingreso por habitante venía declinando desde el pico de 8.300 dólares, en 1998. De modo que la devaluación de 2002 provocó el más formidable empobrecimiento de la población argentina, situación de la que mucho nos costó reponernos y a la que nadie quiere volver.

Otra forma de ver las «ventajas de la devaluación» es comprobar que recién en 2010 superamos el ingreso por habitante de 1998, medido en dólares corrientes. En esos doce años, el habitante promedio del planeta mejoró sus ingresos corrientes, de 5.100 dólares, en 1998, a un poco más de 9.000, un crecimiento del 75% por habitante. La Argentina pasó de ser un país relativamente rico -con un ingreso un 60% mayor al promedio mundial- a una nación del promedio.

El presente ciclo de bonanza que experimentan las naciones de América Latina y demás productores de materias primas viene acompañado de una revaluación de las monedas, un «retraso cambiario» en todos esos países. Ese «retraso cambiario» que tanto nos favorece se produce de forma independiente a los regímenes cambiarios y monetarios, por las ganancias de ingresos generadas con las mayores cotizaciones de las materias primas que exportamos.

La competitividad no se mejora devaluando sino eliminando las trabas redundantes a la producción de bienes y servicios y las que deterioran el valor de los activos. El verdadero progreso, el que catapultó a China a ser una potencia mundial, es una tarea conjunta de toda la sociedad, enfocada en descubrir y superar conflictos empobrecedores. La riqueza es resultado de conocimientos individuales aplicados al trabajo fecundo de todo el conjunto social. Conocimientos aplicados para afianzar el valor de los derechos individuales de todos los habitantes. Las devaluaciones suelen licuar esos valores.
 
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