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Un ateo preocupado Imprimir E-Mail
Por Eduardo Goligorsky
Fuente: Libertad Digital

Lo dejé claro en el primer artículo que apareció con mi firma en Libertad Digital: soy ateo, y mi ateísmo abarca a todas las religiones, sean éstas paganas, monoteístas o politeístas. Tampoco comulgo con las patrañas de la New Age, ni con sus ramificaciones orientalistas y esotéricas. Mi incredulidad abarca todo lo sobrenatural y, aunque parezca forzado incluirlo aquí, también lo utópico.

Hecha esta aclaración, paso a explicar por qué me ofende la campaña que se ha desatado contra las manifestaciones públicas y los símbolos de la Iglesia Católica. La primera expresión visible de esta campaña estuvo en los carteles, colocados en algunos autobuses, con la leyenda: "Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida". He aquí una exhortación que se llevaría las palmas en un torneo de demagogia y egoísmo, puesto que no guarda relación alguna con la existencia o probable inexistencia de Dios, sino sólo con las ansias, por cierto muy justas y recomendables, de gozar de la vida. Y es probable que, a diferencia de los organizadores de la campaña, muchos ateos vivamos más preocupados que los creyentes por una multitud de problemas para los que no vemos solución en este mundo ni, por supuesto, en otro del más allá. Esta preocupación también explica por qué fueron ateos quienes elaboraron, abrazaron e intentaron convertir en realidad quimeras sociales y políticas que degeneraron en las peores carnicerías del siglo XX, con coletazos que aún duran.

Una nueva religión

La virulencia que exhiben los desacralizadores es de tanta magnitud, que inducen a pensar que estos ateos se ven a sí mismos como apóstoles de una nueva religión, que ha entrado a competir con las tradicionales. A las capillas de las universidades deberían sustituirlas aulas donde se enseñaran las nuevas verdades de la progresía, muy frágiles cuando se las compara con la sólida estructura del materialismo dialéctico que estaba de moda en esas mismas aulas hasta que se derrumbó el Muro; a los crucifijos deberían reemplazarlos los carteles de las manifestaciones pacifistas, secesionistas, multiculturalistas o del orgullo gay, cuando no los retratos de próceres revolucionarios del más diverso pelaje, con preferencia por los de los enemigos de nuestra civilización; y en lugar de las procesiones religiosas se multiplicarían las algaradas de los vándalos antisistema. Porque si lo que se busca no es crear una religión competidora, no se entiende la hostilidad contra todo lo que a un ateo seguro de su cosmovisión debería resultarle indiferente o, en todo caso, motivo de reflexión sobre las peculiaridades de la naturaleza humana. Aunque tampoco hay que desdeñar un agudo comentario que Josep Antoni Duran Lleida le hizo a Pilar Rahola: "La izquierda saca pecho ante la Iglesia pero pierde el culo con el Ramadán".

El ateo que está seguro de su implantación en la sociedad abierta –abierta, como la describió Karl Popper, y no multicultural como pretenden imponérnosla los frívolos y los fóbicos– interpreta como prueba de los cambios de fondo que se producen en dicha sociedad la aprobación de leyes que sólo pueden prosperar en una atmósfera de laicismo y de separación entre la Iglesia y el Estado. La ley del divorcio y la anterior ley del aborto no sufrieron retoques durante los ocho años de gobierno del Partido Popular. Yo he firmado mi testamento vital, y he abordado el tema con todos los médicos a los que he recurrido para tener garantías de que respetarán mi voluntad, pues también considero legítima la objeción de conciencia de los profesionales que no aceptan prestar este servicio. La ampliación del testamento vital para que abarque el derecho de los ciudadanos a optar por la eutanasia y el suicidio asistido (evito los eufemismos) deberá ser fruto del consenso social, y no de una estratagema del socialismo zapaterista, que pudre todo lo que toca, encaminada a crispar, crispar y crispar el ambiente antes de las elecciones. Como lo hizo, con éxito, antes del 13-M. Sospecho asimismo que el matrimonio homosexual sobrevivirá al próximo gobierno del PP, aunque también pienso que habrá que hacer una concesión al sentido común y cambiarle el nombre, y que cuando afloren los primeros escándalos de pederastia se derogará, demasiado tarde, la autorización para adoptar niños.

Estos cambios en la legislación no son producto de capricho alguno, sino que responden al clima social, y esta es la razón por la que un partido de indudable matriz cristiana los respeta, aunque no habría tomado iniciativas semejantes, y es también la razón por la que muchos ateos hartos de la frivolidad, y de las concesiones a los secesionistas y a los enemigos de nuestra civilización, podemos votarlo sin traicionar nuestra conciencia. Además, la sigla PP tiene para mí un segundo significado, muy afín a mi credo vital: soy un Pragmático Posibilista.

El diplomático beligerante

Volvamos ahora a la ofensiva de la Iglesia atea. Un ejemplo paroxístico de su embestida lo encontramos en la obra teatral de Iñigo Ramírez de Haro, cónsul cultural de España en Nueva York, que se acaba de estrenar en la Gran Manzana con el título de La MaMa, aunque en Madrid se había titulado ¡Me cago en Dios! El autor le dijo al corresponsal de La Vanguardia en Nueva York:

"Creo que la religión debería estar prohibida hasta los 18 años. Hace que la gente, en lugar de pensar, crea, y las creencias han propiciado la mayor violencia que ha existido en la historia. Por eso las religiones se convierten en armas de destrucción masiva. La historia de las religiones es la del asesinato".

El desprecio que me inspira el señor cónsul no es producto de su blasfemia sino de su premeditada tergiversación de los hechos. Defendí la blasfemia cuando apuntó contra Mahoma, y critiqué a Zapatero, Erdogan y Moratinos cuando propusieron que la ONU la prohibiera y castigara. No me asusta cuando ofende a las religiones establecidas, aunque mi indiferencia hacia ellas hace que no practique la ofensa. Lo que me indigna es que este diplomático beligerante finja ignorar que los regímenes comunistas, monolíticamente ateos, asesinaron en el siglo XX a cien millones de personas. Si el señor cónsul alternara sus lecturas de los libros de religión, de los que dice haber extraído sus conclusiones, con la de El libro negro del comunismo, de Stéphane Courtois y otros, descubriría que ni todas las inquisiciones ni todas las guerras de religión sumadas podrían haber perpetrado semejante escabechina en tan poco tiempo.

Tampoco es necesario que el señor cónsul se asome a un libro sospechoso, para él, de parcialidad. Le bastará con leer el juicio de alguien que seguramente lo supera en cultura, inteligencia... y ateísmo civilizado. En Sobre Dios y la religión (Alcor, Barcelona, pág.95), Bertrand Russell escribe:

"El comunismo, por lo menos en la forma impuesta por el gobierno soviético y el partido comunista, es un nuevo sistema de dogma, de una clase peculiarmente virulenta y persecutoria".

Bajo la cuchilla

Uno de los autores que alimentaron mi escepticismo, primero, y mi ateísmo, después, desde mi adolescencia fue Anatole France, quien no trató con benevolencia a los clérigos pero fue aun más implacable con los fanáticos antirreligiosos. Describe así a uno de los personajes de su cáustica novela sobre la Revolución Francesa, Los dioses tienen sed, el ateo Brotteaux:

"Sin embargo, proclamaba su respeto a la religión y la creía necesaria para el buen orden; sólo exigía que sus ministros fueran filósofos y no sermoneadores; deploraba que los jacobinos tratasen de sustituir la religión antigua por otra nueva más nociva: la religión de la Libertad, de la Igualdad, de la República, de la Patria. Seguro de que las religiones en su vigorosa juventud son furiosas, crueles, y que se dulcifican al envejecer, deseaba conservar el catolicismo, que había devorado muchas víctimas en la plenitud de su fuerza, pero que al disminuir su apetito bajo la pesadumbre de los años se contentaba con tres o cuatro asados heréticos en todo un siglo".

Y en otro pasaje de la misma novela el fanático jacobino Gamelin afirma:

"El pueblo soberano acabará por abolir la pena de muerte. Robespierre la combate, y con él todos los patriotas; la ley que la suprima debe ser promulgada cuanto antes, pero su aplicación sólo ha de comenzar cuando haya perecido bajo la cuchilla de la ley el último enemigo de la República".

Esta sentencia de muerte podrían haberla suscrito los intelectuales de la estirpe de los García Márquez, Saramago, Vázquez Montalbán, Cortázar y tantos otros que se abrazaron al paredón castrista con la vana esperanza de que se pudiera eliminar al último enemigo de la Revolución.

Mea culpa

Otra torpeza de los devotos de la Iglesia atea reside en el aire de superioridad con que menosprecian a quienes sustentan creencias distintas de la materialista, tildándolos de supersticiosos. (¡Mea culpa, yo también he incurrido en este pecado!). Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona, dijo, en el curso de una entrevista:

"Deploro la arrogancia de los científicos que ridiculizan la fe ajena sin ofrecer al creyente otra alternativa para esa parte de su vida. Si Dios existe para tantos es porque les ayuda a adaptarse a una existencia dura".

Este respeto por quienes eligen otras vías para encauzar sus vidas, siempre que dichas vías no sean intolerantes ni agresivas, es la prueba del algodón que sirve para identificar a los liberales. Además, estos liberales siempre recuerdan sus propias caídas pasadas en lo que hoy interpretan como errores. Václav Havel confesó, en su discurso de despedida como presidente de la República Checa:

"Cada día me asusta más la idea de no estar a la altura. Cada día tengo más miedo de cometer errores, de dejar de ser alguien en quien se pueda confiar. Cada día tengo más dudas, incluso de mí mismo".

Y Fernando Savater se explaya sobre este mismo tema, con su ironía habitual, en La vida eterna:

"¡En cuántas otras ocasiones me habré empeñado yo en cultivar creencias igualmente infundadas, falsamente esperanzadoras y a la postre decepcionantes! En términos amplios, podemos considerar que los parámetros científicos son el método mejor para adquirir creencias justificadas. Sin embargo, una gran mayoría de nosotros tiene algún tipo de creencia paranormal –es decir, que viola alguna regla o principio científico–, sea de tipo religioso o profano (y en muchos casos, de ambos). La extensión y mejora de la educación hace por lo general disminuir el influjo de las creencias religiosas tradicionales, pero no altera y a veces hasta parece estimular el número de creyentes en otros fenómenos paranormales de corte más laico, como la parapsicología, los ovnis, los sistemas de sanación fantásticos, las hipótesis históricas descabelladas, etc".

El hombre de sus sueños

La mejor ilustración de la ayuda que las creencias ajenas al mundo de la ciencia pueden prestar a quienes deben adaptarse a una existencia dura la encontré en una película de Woody Allen: Conocerás al hombre de tus sueños. En ella, la madre de la protagonista, abandonada por su maduro esposo putañero, y rodeada por una fauna heterogénea de personajes sobrecargados de conflictos sentimentales y sexuales que el psicoanálisis, obligatorio en su medio social, no resuelve, acude a una pitonisa para que le adivine el porvenir. Todos se burlan de ella, empezando por su desquiciada hija, y le advierten de que se trata, como es obvio, de una embaucadora de mucho cuidado. Sin embargo, la víctima del engaño es, al final, la única que cree hallar la felicidad junto al hombre de sus sueños, el propietario de una librería esotérica, al que se une después de pasar ambos por una estrambótica sesión de espiritismo. Woody Allen sintetizó en declaraciones al New York Times la filosofía que lo empujó a filmar esta historia:

"Para mí no hay una diferencia real entre una adivina, una galleta de la fortuna o cualquiera de las religiones organizadas. Todas son igualmente válidas. Todas son igualmente útiles".

El balance de las preocupaciones que nos quitan el sueño a los ateos que no nos ceñimos a los edictos tranquilizadores de la nueva Iglesia que usurpa nuestra representación es desolador: cinco millones de parados, quiebra del Estado de Bienestar, un cinturón de revoluciones sin rumbo conocido cerca de nuestras fronteras, la conversión de nuestro sistema educacional en un laboratorio donde se ensayan formas perversas de ingeniería social cuyo objetivo es la secesión lingüística y política de algunas comunidades autónomas, la proliferación de mezquitas gobernadas por imanes fundamentalistas, el deterioro de la seguridad ciudadana con la consiguiente multiplicación de focos de nihilismo y vandalismo antisistema; y la crispación, crispación y más crispación como recurso proselitista. ¿Necesitan algo más los cofrades ateos para preocuparse? ¿Tiene el ateísmo per se algún remedio para estos males? Repito: la plétora de corrupción y muerte que nos dejaron, y nos continúan dejando, los regímenes monolíticamente ateos, no inspira deseos de repetir la experiencia.
 
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